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Joaquín F. Vélez y el liderazgo político del Caribe

Joaquín F. Vélez nos recuerda una época en la que el Caribe pesaba en la política nacional. Desde 1894 la región no vuelve a tener un representante en la silla presidencial, y Vélez pudo haber sido el único presidente caribe del siglo XX de no mediar el llamado “chocorazo de Padilla”.

A propósito de los 120 años de su muerte, vale la pena detenerse en cuatro aspectos de su vida: el liderazgo caribe en la política nacional, la importancia de Panamá para Cartagena, la firma del Concordato y la búsqueda del ‘ideal de lo práctico’.

El relevo de Núñez

Joaquín Fernando Vélez de la Barrera y Villamil nació en Cartagena en 1832. Su padre era comerciante y su abuelo materno, uno de los próceres de la Independencia. Como muchos ilustrados del siglo XIX fue multifacético: comerciante, educador, militar, periodista, político y masón. Defendió la navegabilidad del Canal del Dique y la protección costera. Fue jefe del Partido Conservador en Bolívar y en 1880 promovió la candidatura del cartagenero y liberal Rafael Núñez, convencido de que el futuro del Caribe colombiano dependía de ese triunfo. No se equivocó: las varias presidencias de Núñez resultaron decisivas para el despertar económico de Cartagena, Barranquilla y Santa Marta. Sin ellas, nuestra historia sería otra.

Cuando Núñez murió, en 1894, el vicepresidente Caro le propuso ocupar la presidencia como designado. Las diferencias con el bogotano eran insalvables y declinó la propuesta, pero fue de todos modos el relevo de Núñez en el liderazgo caribe. En 1904 se lanzó a la presidencia en las primeras elecciones posteriores a la Guerra de los Mil Días, una contienda en la que los liberales no participaron y en la que él y el boyacense Rafael Reyes representaron dos tendencias conservadoras. La democracia era indirecta y perdió por doce votos.

La historia atribuye esa derrota a la trampa del general Iguarán en el registro de Padilla, en La Guajira, en la que participaron miembros de su propio partido y también sus primos, los empresarios Vélez Danies. Para la memoria del Caribe el episodio marcó el declive de la región: nunca volvería a tener un doliente con tanta capacidad para impulsar su economía desde el presupuesto nacional.

Panamá, la herida abierta

Aquel “chocorazo” parece tener raíces en otro capítulo decisivo para Cartagena: la pérdida de Panamá. El auge de la economía bolivarense estaba íntimamente ligado al Istmo, que en los años cincuenta se abasteció de ganado, víveres y materiales para la construcción del ferrocarril interoceánico y, desde finales de los setenta del siglo XIX, para las obras del Canal.

El Istmo intentó separarse tres veces durante el siglo XIX. En uno de esos episodios, en 1861, Vélez —que se encontraba allí— dirigió una campaña de oposición desde la prensa; a raíz de ello fue citado a duelo y salió herido en una pierna. Nunca aceptó la firma del tratado Herrán-Hay que promovía el presidente bogotano José Manuel Marroquín, mediante el cual Colombia entregaba a Estados Unidos el control administrativo y militar de la zona del Canal por cien años renovables.

“Si por improbar nosotros el Tratado Herrán-Hay han de venir los liberales al Poder, que vengan, porque la Patria está primero que los partidos”.

El Congreso no aprobó el tratado y en 1903 Estados Unidos respaldó la separación de Panamá. En su campaña presidencial de 1904 Vélez prometió juzgar a Marroquín por su responsabilidad en aquella afrenta. Algunas versiones de la historia sostienen que fue precisamente para evitar ese juicio que se tramó el “chocorazo de Padilla”.

Una República moderna y católica

Buena parte del siglo XIX colombiano transcurrió entre revoluciones y golpes de Estado, con las finanzas públicas bajo cero. El programa de los regeneracionistas buscaba orden público, respeto a la autoridad y unidad nacional, y para eso necesitaba aliarse con la Iglesia católica: la religión cohesionaba socialmente, generaba la confianza que requería un Estado llamado a mediar entre opiniones e intereses divergentes y aportaba una disciplina social que el débil aparato estatal no podía imponer.

Esa alianza se consolidó con la Constitución de 1886 y se formalizó con el Concordato que Vélez negoció y firmó en 1887, al cabo de una misión diplomática en Roma que se extendió por once años. El acuerdo giró sobre tres puntos clave: la aceptación por parte de la Iglesia de la desamortización de bienes a cambio de una compensación, la participación del gobierno en el nombramiento de obispos y la aceptación del matrimonio civil.

El ideal de lo práctico

El Concordato entregó la educación pública a la Iglesia católica, pero el proceso no admite simplificaciones. Como otros líderes conservadores, Joaquín F. creía en “el ideal de lo práctico”, es decir, en la necesidad de fomentar una educación técnica y científica capaz de producir progreso material. Esa corriente se oponía a la enseñanza tradicional hispánica, que valoraba las carreras “letradas” y despreciaba el trabajo manual.

Vélez impulsó varias instituciones educativas dedicadas a difundir el conocimiento técnico y científico, entre ellas el Colegio de la Esperanza, que fundó en 1870 junto con Abel Irrisari. Como gobernador de Bolívar trajo a Cartagena a los salesianos, expertos en artes y oficios, educación industrial, imprenta, mecánica, carpintería y agricultura. En la Universidad del Magdalena e Istmo —epicentro del cambio social en la ciudad— impulsó el pénsum científico, la dotó de un gabinete de física y un laboratorio de química y creó el anfiteatro anatómico, que abrió la puerta a una medicina experimental y técnica.

Apoyó de manera especial a dos discípulos cartageneros: el médico Manuel Pájaro H., mulato, que dirigió la Escuela de Medicina y Ciencias Naturales entre muchas otras iniciativas científicas; y Luis Felipe Jaspe, cuyas obras de arquitectura y urbanismo modernizaron la ciudad colonial. Quizá la pieza que mejor resume ese ideal de lo práctico sea el Reloj Público de 1888, hoy conocido como la Torre del Reloj, con el que se introdujo una noción más moderna y estandarizada del tiempo: organización racional, disciplina y coordinación de actividades.

Cuando Joaquín F. murió, en 1906, Manuel Pájaro H. lo despidió con una frase que lo resume: “Tuvo una gran pasión: la Patria; un gran ideal: la República; una gran debilidad: la política”.

Referencia: Frank Safford, El ideal de lo práctico. El desafío de formar una élite técnica y empresarial en Colombia, 1988.

Texto adaptado del artículo de Juan Carlos Lecompte, arquitecto y miembro de la Academia de Historia de Cartagena, publicado originalmente en Contexto Media.

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