Cada vez que se anuncia la recuperación de un teatro en el Caribe —como ocurrió con el Teatro Amira de la Rosa de Barranquilla— vale la pena recordar el enorme esfuerzo que le costó a Cartagena levantar el suyo. Baste un dato para dimensionarlo: Rafael Núñez, cuatro veces presidente de la República y uno de sus mayores impulsores, murió sin ver la obra terminada y sin alcanzar siquiera a firmar el contrato que la ponía en marcha.
Tampoco lo consiguió Henrique L. Román durante su paso por la Gobernación de Bolívar. A diferencia de Núñez, él sí llegó a conocer el edificio, aunque ya no como gobernador sino como presidente de la junta que lo entregó a la ciudad en 1911. Entre los primeros intentos y la inauguración transcurrieron más de 28 años de gestiones de políticos, intelectuales, artesanos y empresarios decididos a dotar a Cartagena de un lugar donde la cultura y el debate de las ideas ocuparan el centro.
Inaugurado en 1911 como Teatro Municipal, rebautizado después como Teatro Heredia y conocido hoy como Teatro Adolfo Mejía, el recinto guarda buena parte de la memoria cultural de Cartagena de Indias. Su autor fue el artista cartagenero Luis Felipe Jaspe (1846–1918), responsable de la mayoría de las obras civiles republicanas de la ciudad.
Ensamblar la República
A Jaspe le correspondió “ensamblar la República” desde la arquitectura, el paisajismo, el urbanismo y la pintura. Fue un artista querido y respetado por la Sociedad de Artesanos, por la dirigencia política y por los empresarios de su tiempo. De su mano salió también la Torre del Reloj, el símbolo con el que hoy se reconoce a Cartagena en cualquier parte del mundo.


Esa tarea coincidió con el renacer de la ciudad, cuando empezaba a salir del estancamiento económico que la acompañó durante casi todo el siglo XIX, tras el Sitio de Morillo de 1815. Jaspe construyó entonces un lenguaje arquitectónico propio —cartagenero y caribe— capaz de conversar con la ciudad colonial y de integrarse a ella hasta volverse casi imperceptible.
Jaspe construyó un lenguaje arquitectónico propio, cartagenero y caribe, que dialogaba con la ciudad colonial hasta ensamblarse en ella.
El Teatro es el mejor ejemplo de esa arquitectura de ensamble: se levantó sobre la antigua iglesia de la Merced, abandonada por los mercedarios ochenta años antes. En una misma edificación conviven dos estilos separados por casi tres siglos, el colonial y el republicano. ¿Quién no se admira ante su bella fachada y su majestuoso interior? Es una joya del Caribe, un símbolo de Cartagena y un pilar en la construcción de la República.
Un teatro para el Caribe
La obra también revela una Cartagena que se pensaba a sí misma como parte del Caribe, un universo cultural y geográfico antes que una periferia. Los únicos estudios artísticos formales de Jaspe los hizo en Martinica, donde pasó poco más de un año en la École des Beaux-Arts. Y cuando por fin se firmó el contrato, en 1905, ya existía el Teatro Colón de Bogotá; aun así, los promotores del proyecto enviaron a Jaspe a conocer El Tacón de La Habana. Cartagena quería un teatro caribe.
Guerras, presupuestos y un reto técnico
Levantarlo fue una hazaña que solo se explica por la alianza entre los sectores políticos, intelectuales, artesanales y empresariales. El primer obstáculo fueron las guerras civiles: el sitio de Gaitán Obeso en 1885, la guerra del 95 y la de los Mil Días al cierre del siglo. A esto se sumaron las interrupciones derivadas de la actividad política de Núñez, como la redacción de la Constitución de 1886 y luego su muerte, en 1894. El propio Núñez había nacido en la calle del Coliseo, junto a un recinto donde se presentaban obras de teatro al que el público debía llevar sus propias sillas; ese espacio, por cierto, lo había decorado Jaspe.
El segundo obstáculo fue presupuestal: entonces, como ahora, el teatro era el último de la fila. Y el tercero, técnico: encajar dentro de una iglesia de tres naves un teatro que exigía un único espacio continuo.
Los cartageneros mantenemos un vínculo emocional con este teatro, escenario de buenos recuerdos y de anécdotas caribeñas. Una obra magnífica que perdura en el tiempo para recordarnos algo sencillo: cuando los distintos sectores de la sociedad se unen, los resultados son excelentes.
Texto adaptado del artículo de Juan Carlos Lecompte, arquitecto y director de la Fundación La Cartagena de Jaspe, publicado originalmente en Contexto Media.
